Blog sobre reflexiones personales, fotografía y música independiente.

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domingo, 24 de julio de 2011

¿Por qué no consigo recordar?

¿Por qué no consigo recordar?, ¿por qué?, ¿por qué? No consigo recordar porque no lo sé. Y cuando lo sepa, seguro que recordaré porque no consigo recordar. Y lo cierto es que no consigo traer a la memoria todos mis recuerdos que son, al final, mi vida. Mi vida vivida. Mi vida consciente desde que tengo recuerdos.  

Al principio, de niña, no sabía qué ocurría, qué pasaba. Empecé a ser consciente de esa angustia que me acompaña hasta hoy en el colegio. En la escuela tenía una profesora que me regañaba. Tenía una maestra que me decía que “puerto” no era lo mismo que “puerta”, porque yo no lo veía, ni leía. Mi subconsciente leía “puerta” y no advertía que detrás de la maldita “a” de marras que yo leía, se escondía una “o”. En el colegio, tenía que demostrar lo que sabía y lo cierto es que no sabía nada. Mi memoria era como la del personaje de Buscando a Nemo, Dory ese pez estúpido y algo gracioso que se olvidaba de los nombres, como yo.

La veía de modo que también la leía, la “a”. En el colegio también aprendí, y pronto olvidé, que las matemáticas son unas ciencias exactas. Y si un dos es 2, no puede haber un 3. Pero yo lo veía. Y también veía fechas equívocas, y mi mente desordenada no captaba los conceptos, o lo que es lo mismo, la esencia de las cosas. Pero yo interpretaba la realidad de forma distinta. Diferente a la de mis compañeros de clase, que en mi dislexia veían a una chica rara. Una chica diferente que aprendió que era distinta. Qué era que… se me olvidó.

Y era distinta no solo por su dislexia, sino también por su falta de amor propio. Yo no creía en mi misma, cierto es, pero quería ser igual, igualita a ellos, pero fui distinta desde que nací. La noticia de mi llegada le valió a mi madre un cierto disgusto, un sabor agridulce a dura condena, como la de un joven preso que tiene una familia que le espera y unos hijos, unos niños pequeños, que preguntan por su padre en las noches de fría y dura tormenta– Mamá tengo miedo, ¿cuándo vendrá papá? Pues con esa angustia vital, esa espera asfixiante y lenta, llegué y nací llena de dudas y de mucha inseguridad, con miedo.

La incertidumbre que me trasmitió mi madre vía cordón umbilical no se iba, no se iba, no se disipaba, no se diluía por más que quisiera que desapareciese. Tomaba suavemente mi mano, como lo hacía la amnesia que me impedía recordar, incluso aquellos momentos que me hacían feliz. Esa niña, que era como mi alter ego, que se enamoraba de los cuenta-cuentos les pedía que todas las noches, cuando el silencio la abrazase, le contaran una historia, un bonito relato, que daba igual si era inventado o verdadero, como la historia de su vida para trabajar el recuerdo.

Después del cuento, cuando caía el sol y la luna asomaba la cabeza, me volvía a encontrar con esos miedos e inseguridades que tanto me atormentaban. ¿Qué es lo peor que podía pasar?, se preguntaba todos los días bajo la oscuridad de la noche, envuelta por el manto luminoso y centelleante que emana de las estrellas, que eran como suaves y minúsculos guiños de ojos. Y allí, desde su cama los escondía debajo de las sábanas, que cubría con una manta pesada para atraparlos, encerrarlos, y privarlos de libertad para así no saber nunca más de ellos. Pero lo cierto es que no desaparecían, no me dejaban dormir. ¡Estaban ahí! No se iban.

Cuando era pequeña me despertaba por las noches, pero mis miedos me impedían levantarme de la cama para decirle a mi madre -que se encontraba en otro cuarto abrazada a mi padre- que no podía dormir… En cambio ella como si lo presintiera, se levantaba a altas horas de la madrugada para verme, y se encontraba con una niña temerosa que permanecía con los ojos abiertos como platos, comiendo techo. Entonces se metía en mi cama, y como si fuera una prestidigitadora, me tocaba suavemente el pelo con sus manos y me peinaba lentamente. Solo así, con sus caricias conseguía dormir. Al despertar, mi madre ya no estaba y yo ya no recordaba nada. El silencio se hizo mi amigo, mi confidente.

lunes, 11 de julio de 2011

¡Permiso para robar ... caramelos!

Ella era una niña dulce, buena y cariñosa. Al jugar nunca se manchaba. En casa hacia sus deberes, siempre a la misma hora, después de comer. Ayudaba a su madre en las tareas de casa: doblaba sus calcetines, los de sus padres y sus hermanos, pasaba un trapo húmedo al baño, barría y fregaba la cocina y recogía su habitación. Hacía todos los recados que le encargaban, como ir a comprar el pan a la tienda. Pero también solía esperar para levantarse de la mesa cuando todos terminaban de comer. Otros niños de su edad, en cambio, no tenían la misma paciencia por lo que llevaban varias horas de risas, carcajadas y juego cuando Ella se incorporaba al grupo. 

Los niños no querían jugar con ella porque era demasiado buena. Se aburrían. La niña, poco a poco, se empezó a sentir rechazada. Le costaba hacer amigos y adaptarse a las reglas del corre, salta, trepa. Pero eso sí, seguía siendo una niña ejemplar. En el colegio participaba en clase. Y aunque no era una alumna especialmente brillante, los profesores destacaban su especial fuerza de voluntad. No quería fallarles. En el patio del colegio se reunía con sus amiguitas, que eran mucho más engreídas que Ella, que era una ingenua. Se reían de ella.
 

Ella era una niña rara -y así se sentía- por lo que un buen día decidió hacer cosas de niños, propias de su edad. Sus padres solían quedar con varias parejas, que también tenían hijos. Ideó un plan. ¿Por qué no robamos unos cuantos caramelos?, señaló Ella. A sus no-amigos les gustó la idea, aceptaron sorprendidos. Una tarde de domingo entraron en una tienda de comestibles y mientras unos se encargaban de entretener a la dependienta, otros agarraban con fuerza los caramelos, que metían a puñados en los bolsillos. 
 

El lunes al llegar al colegio, lo que parecía ser un secreto, se convirtió en un secreto a voces. Todos los niños de su clase se enteraron de lo ocurrido, de lo que Ella y sus no-amigos habían hecho una tarde de domingo. Uno se lo contó a otro, el otro a otro y así sucesivamente. Sus no-amigas de clase la amenazaron con decírselo a la profesora, que parecía confiar en Ella. Y Ella consternada, asustada y compungida les suplicó, les rogó y les pidió entre sollozos que por favor no se lo dijeran, que prometía que nunca más volvería a hacerlo, que simplemente era una travesurilla, una cosa de niños. Pero sus ruegos no sirvieron de nada. 

Ella por primera vez se enfrentó al sentimiento de culpa. Después del recreo, tocaba clase de matemáticas. Ella empezó a sentir angustia y un dolor en la barriga, su corazón bombeaba con fuerza, latía apresurado. Al final de la clase, la profesora le dijo con mirada seria que tenía que hablar con ella. Ella empezó a llorar: una lágrima seguía a la otra como un torrente tintineo, suave y cálido al principio, que pronto se convirtió hiposo, rotundo. Un par de horas más tarde, sus padres fueron a recogerla, avergonzados. Ella sintió no pedir “permiso para robar... caramelos"”.


sábado, 2 de julio de 2011

¿Qué podemos encontrar debajo de una alfombra?

Debajo de una alfombra había un agujero. El agujero comunicaba con una especie de panal de abejas, pero no eran abejas, sino pequeñas celdas que guardaban emociones de todo tipo. Esas emociones que no queremos mostrar, porque no nos gustan. Esas que aparecen cuando uno las cree controlar y sin embargo, las escupimos con bastante facilidad y poca resistencia. Esas que nos avergüenzan, y se quedan en nuestro recuerdo, y nunca se van o desaparecen. 

Las heridas emocionales son como tatuajes sobre la piel. Uno las/los ve, piensa, y nuestra mente empieza a imaginar y recrear la escena que nos atormenta. Primero, el momento en el que sucedió (el día, la hora aproximada, el lugar, las personas, los movimientos, los cambios bruscos) y después lo que hubiéremos hecho o cómo se desencadenó lo ocurrido. Cuando cerramos los ojos, millones de ensoñaciones nos golpean, no nos dejan dormir. Pero sí nos dejan observar, por una pequeña mirilla, las consecuencias de nuestras decisiones y de nuestros actos, sin poder modificarlos.

En las celdas también se encuentran aquellos miedos que no conseguimos superar. Nuestras inseguridades que nos hunden bajo el suelo y nos impiden crecer, volar. Pensar en un sueño agradable o recrearnos en una imagen bonita, como la del rostro sonriente de un niño que se ríe a carcajadas. Observamos aquellos miedos que nos limitan y con los que tenemos que luchar día a día, mes tras mes o año tras año.

Luchamos por vencer primero a nuestro Yo y luego a todo lo que nos envuelve como un manto suave de terciopelo. O como un baño relajante al final del día, con espuma y en silencio. En ese momento, el único sonido que escuchamos es el tintineo de las gotas al resbalar por el orificio del grifo (plac, plic, plac…). En esa lucha sin tregua, también vemos el reflejo de nuestra imagen, desnutrida por nuestras exigencias, que nunca colman nuestros deseos. El deseo de ser alguien distinto del que somos. El deseo de cambiar nuestras formas, cinceladas por nuestra herencia genética. Allí, en ese panal parecido al de las abejas, se encuentran nuestras emociones, escondidas en un agujero debajo de una alfombra.      

martes, 17 de mayo de 2011

Prozac, un sedante desde el cielo

Prozac llegó a mi vida como agua de mayo, hace ya 13 años. No supe apreciar sus efectos, pero se convirtió en mi confidente nocturno. Ahuyentaba mis fantasmas, como el miedo a fracasar. También se convirtió en mi fiel escudero, que me trataba con lástima. Y pasaron los años... y se fue haciendo mayor, fue envejeciendo. 

Sus profundas arrugas dibujaban sus ojos cristalinos, que se apagaban por las noches. Dicen que el "Prozac" es un antidepresivo eficaz, pero no el único. Es el más conocido de todos ellos. Se han hecho películas y escrito libros con su nombre, incluso nuestra familia no encontró un nombre mejor para bautizar... a nuestro perro. Recuerdo cuando cuidaba de nuestra casa, de nuestra guarida, día y noche. No paraba. Olisqueaba, husmeaba cada esquina, subía y bajaba, y ladraba sin parar... 

Elía dejó de pensar, se echó las manos a los ojos... y se arrimó, como un molusco a su caracola, a la espalda de Edgar.Todas las noches se dormían encogidos por el recuerdo de su perro, que era como un sedante desde el cielo. ¡Hasta siempre Prozac!

martes, 18 de enero de 2011

Buzón de voz

Antes de empezar, un poco de música:


Ahora ya estás listo para leer: Buzón de voz

Hoy era  uno de esos días en los que hasta hace cinco minutos me encontraba de "puta madre". Tumbada en el sofá, escuchando "O Grande Amor", de Stan Getz y Joao Gilberto Feat, maestros del bossa-nova. Fumando un cigarrillo en uno de los pocos sitios en los que no te van a fiscalizar, ni a tratar como a un apestoso, ya sabéis lo de la "jodida" ley... Pues eso, mi casa. En el salón, con la luz de la lamparilla encendida, creando un ambiente candente, acogedor. De esos que sólo se disfrutan algunas veces, por ejemplo tomando un sorbito de vino en buena compañía, con tu pareja, abrazados en el sofá, con los pies entrelazados en el reposabrazos... Hasta que sonó el maldito teléfono. ¡No! Ahora no.

Mi futura suegra. Identifiqué al parpadear la luz del móvil. ¡Ya me ha jodido el momento!. ¿Qué querrá?, pensé. Ya sé que su hijo hace tiempo que no va por casa, que seguro estará muy flaco... Las excusas de siempre. Intencionadamente, decidí pasar de todo y no le devolví la llamada... Sin embargo, después de un buen rato, me asaltó una bofetada de pensamientos. ¿Le habrá parecido mal?, ¿qué excusa le puedo poner? La de que estaba en la cocina ya la he contado millones de veces y la de que no escuché el teléfono porque lo tenía en silencio también. En fin. No me encontraba bien. Llegué a casa cansada. No tuve un buen día... también me parecían opciones alternativas para excusarme, y muy aceptables. 

En el fondo ella no tendría por qué dudar de mi sinceridad. ¡Si siempre habíamos sido sinceras en cada uno de nuestros gestos! Vamos que la primera vez que nos conocimos, nos miramos de arriba a bajo sin apenas pestañear. Y con un tímido "encantada de conocerte" nos dimos dos besos, uno por mejilla. Sus palabras eran dardos envenenados al hacer cualquier pregunta. ¿Has estudiado, no?, ¿y tampoco fumas? Parecía que te estuviera fiscalizando en lugar de ofrecerte su apoyo. Aquella vez nos despedimos con un "hasta luego" frío y distante. Luego la relación se enderezó, y hace unas horas tendría que haber activado el buzón de voz.

martes, 11 de enero de 2011

Querido Amor:


Cumplimos cuatro años. ¡Qué pronto ha pasado todo este tiempo! No sé si te habrá ocurrido como a mí, pero yo ni me he enterado… ¿Te acuerdas de la primera vez que quedamos? Fue un día de trabajo. Te acercaste a mí y me preguntaste si me apetecía tomar unas cañas. Ni me lo pensé. Hacía tiempo que me había fijado en ti. Estaba deseándolo. En aquel bar nos tomamos nuestras primeras cañas, pero también nos dimos nuestro “casi” primer beso, por lo menos muy cerquita de allí. Resguardados bajo la puerta de salida de algún local de Huertas, tipo “La Salsa”. Chiringuitos “chumineros” maquillados con carmín y traje chaqueta los viernes y sábados. Sí, pues allí te acercaste. Me besaste… y lo demás se queda en nuestra memoria… También recuerdo cuando un día más tarde... me enviaste un mensajito que yo no supe interpretar, y al principio te envié otro sin quedar contigo en... ¡Nada! Me di cuenta cuando ya había pulsado el botón: enviar mensaje. Aquel fue nuestro primer domingo. Nos fuimos a una exposición en el Museo de Caja Madrid. Luego a Lavapiés a tomarnos un té. Después paseamos por la Latina. Y a mí... ya me costó despedirme de ti. Fueron pasando los días hasta que llegamos al puente de la Almudena, que te fuiste de viaje con tus colegas... y luego nos encontramos en otro lugar, en otra casa, en otro sofá. ¡jajaaja! ¡Recuerdas cuándo Eva se enfadó porque no iba a su cumpleaños! El hecho es que hacía unos días, unas semanas, que la cuenta atrás del pasar del tiempo, había iniciado su ligera descarga de arena...

sábado, 11 de diciembre de 2010

Los fantasmas que habitan en nuestros sueños

Durante el sueño ligero acostumbramos a proyectar nuestras ilusiones o expectativas y le damos forma a través de ensoñaciones. En cambio, durante el sueño profundo nuestros anhelos, esos que escondemos y protegemos de lo que nos rodea, afloran de forma inconsciente. Muchos de ellos no los recordamos al despertar. Otros... no somos capaz de olvidarlos nunca.

Los sueños siempre marcaron mi vida. Recuerdo dos en concreto. En el primero conseguía volar. Sólo tenía que coger algo de impulso. Solía hacerlo desde lo alto de un bordillo, que franqueaba la entrada de la casa de la abuela por la cocina. Movía suavemente los brazos como un pequeño pájaro, ligero en el vuelo. Y conseguía volar aquellas laderas y montañas que franqueaban nuestra casa, situada a 20 km de la ciudad en la que nací. Después de aquellos momentos mágicos, que apenas duraban unos instantes, el sueño siempre se teñía de un tinte oscuro, de atmósfera aterradora.

En el sueño aparecían unos extraños robots con aspecto parecido a los Transformers, aquellos juguetes que se hicieron populares en la década de los 80, y que curiosamente nacieron el mismo año que yo: 1982. Eran gigantes androides que me perseguían e intentaban atraparme, con sus puños de metal, de un zarpazo, de un solo golpe. ¡Siempre conseguían asustarme! Quizás aquel sueño -que se repitió durante años- tuviera algún significado especial. Probablemente podría haber sido una señal, el preludio del día que todos queremos olvidar y pese a ello, se incrusta en lo más profundo de nuestro interior. Por ejemplo, el día en que mi hermano, con 4 años, tuvo el accidente y que, tras lo ocurrido, multitud de vecinos se agolparon frente a las puertas de casa en la que vivíamos mamá, papá, la tía, la abuela, el abuelo, mi hermano y yo.

Aquel día, mientras yo estaba jugando cerca del castaño, ocurrió lo que ninguno habíamos imaginado. Regresé a casa como siempre, después del juego, y me encontré a mi madre y a mi tía llorando, sin encontrar consuelo en los vecinos que se atrincheraban murmurando frente a la vieja puerta de casa. Mi padre fue el único que lo vio, el primero en advertir que aquel viejo critröen, aparcado frente al portalón, había perdido el control al soltarse el freno de mano. En milésimas de segundo se estrelló contra un muro, situado a 10 metros de nuestra casa. Mi hermano y un amigo estaban en el interior del vehículo. Mi madre soltó un grito de rabia cuando se enteró. No podía parar de llorar. Y yo de pedirle que no llorara más. Pero, cómo no iba a llorar. Nada, era lo único que podía hacer.

El segundo sueño se produjo años más tarde, tiempo después de habernos mudado a nuestra nueva casa, construida, pared con pared, justo al lado de la de los abuelos. Aquella noche soñé que estaba profundamente dormida en mi habitación. Y recuerdo levantarme en mitad de la noche y cruzar la puerta de mi cuarto, y atravesar un oscuro pasillo que apenas tenía luz. No recuerdo haberme despertado jamás. Hoy todavía no consigo recordar ese momento en el que nos levantamos sudorosos de la cama, huyendo de los fantasmas que habitan en nuestro interior, en nuestros sueños, y continuar con nuestra vida y nuestros miedos...

En tu caso, ¿has tenido algún sueño que haya marcado de alguna forma tu vida?, ¿alguna premonición?

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domingo, 28 de noviembre de 2010

Regreso a casa en un vuelo agonizante. Algunos compañeros incómodos de viaje

Sí, lo sé. No era el mejor día. Decidí volar a Galicia para ver a mis padres el fin de semana papal. Sí, de Papa con mayúsculas. Para más inri, mis pa-pás se habían olvidado de mí, de mi visita. Aquel viernes no contaban conmigo. ¡Qué pereza! Un fantástico plan. Llegué al aeropuerto. Entre besos y abrazos con sabor a "hasta el próximo domingo" abandoné la zona de entrada de la terminal uno y crucé la línea que separa a los viajeros de los simples viandantes y acompañantes-de-despedidas.

Facturé, despojé todos mis trastos en las ridículas bandejas de plástico que pasaban por el escáner, y crucé el lector de metales. Esto, sin contar con que si llevas botas te tienes que descalzar, como si fuera tan sencillo, incluso desvestirte, en otros casos, para demostrar que no eres uno de ellos. Un terrorista. Un terrorista de altos vuelos. Puede que esté exagerando. Puede que no. Y todo esto, sin embargo, no te libera de sentarte al lado del pasajero equivocado, incluso pesado. En fin. Estaba acostumbrada a subir en el avión y echarme a dormir. Pero en esta ocasión no podía. Primero: había esperado demasiado tiempo para formar filas por lo que fui una de las últimas pasajeras en subirme al avión. Segundo: pensé que era mejor -y al ir sola, sin tílde, ni compañía- podría elegir alguno de los asientos de delante que quedaban libres. ¡Siempre hay algún hueco! Y eso hice. Me senté entre uno y otro. O lo que es lo mismo: entre un hombre pesado y un hombre evadido del mundo, como yo. Pero no podía dejar de sentirme incómoda.

El hombre de mi izquierda era de mediana edad. Alrededor de 40-50 años, barrigudo, con un mostacho prominente que cobijaba su fina boca. No paró de soltar improperios, ni de moverse de una lado hacia otro durante todo el viaje. Y yo, mientras tanto intentaba concentrar mi atención en el libro que había desplegado sobre mis ya desesperantes manos. Desesperadas por no poder liberarme de aquel hombre extraño, molesto y neurótico. Estaba angustiada por el lento transcurrir del tiempo. Agobiada por no poder hacer nada: sólo concentrar mi mirada entre las letras que discurrían como una embarcación que surca el mar y las olas en medio de una tormenta. Sólo en aquel universo me relajaba, me protegía, me aislaba, pero a duras penas. Y por fin, sin ser consciente, aterricé y me olvidé de lo sucedido.

Ya de camino a casa de mi hermano, subida en el autobús, hablé por teléfono sobre lo ocurrido en el vuelo con mi acompañante-de-despedidas, que había dejado hacía una hora en el aeropuerto de partida. Solté "sapos y culebras" durante toda la conversación telefónica, que duró hasta que el autobús llegó al centro de la ciudad, mi lugar de destino. Cuando llegué a Santiago observé que en el asiento delantero se sentaba un señor de mediana edad, que parecía hiperactivo y con mala leche. Cuando se cruzaron nuestras miradas, se rió. ¡Era el hombre del avión!

domingo, 9 de marzo de 2008

Elecciones generales. Una cuestión de elección? Y tu qué piensas u opinas?

Imagen de Jordi Miralles para las elecciones generales del 15 de febrero de 2008

Cuando media España está pendiente de la televisión, yo me evado por la red en infinitos sitios que me descubren que hay un mundo más allá y más cerca de lo que parece. Hasta el momento, nuestro futuro parece incierto. Pero lo cierto es que nosotros somos los que marcamos el camino que escogemos, para bien o para mal. Hoy, el futuro de los próximos cuatro años está teñido de rojo.

Los medios de comunicación anuncian la decisión de los millones de españoles, que prefieren el diálogo al mutismo absoluto, las garantías sociales a las individuales… Pero no por mucha diferencia. Muchos partidos han visto como sus pequeños reductos de poder se han reducido a la nada. Es el caso de Izquierda Unida. Los resultados no deberían de extrañar a nadie teniendo en cuenta que durante la campaña electoral los políticos más vistos, más entrevistados, más encuestados sólo han sido dos: PP y PSOE.

Las cosas no han cambiado mucho desde hace cien años. El bipartidismo sigue siendo nuestro modelo de democracia. Dos coaliciones políticas se llevan todos los escaños y dejan un porcentaje escaso, escasísimo…de representación para el resto, que apenas les deja margen de maniobra.

Desde este humilde rincón, sueño cómo sería mi vida perfecta, pero también pienso que no puede ser una proyección en el vacío, si no la realización de nuestros verdaderos sueños, aquellos en los que trabajamos, día a día como hormiguitas, y no como cigarras. La rutina sólo puede ser para unos la alarma que advierte que algo no funciona como queremos y para otros, en cambio, es un sedante, su ideal de vida.

Todos tenemos una maraña de pensamientos que nos aturden de vez en cuando, como yo hoy. Hay quiénes consiguen desenredar la madeja de lana y hay quiénes se enredan y enredan ahogándose entre los finos hilos de seda, algodón o lana. Cada uno escoge cómo, cuándo y dónde … enredar su ovillo. Cambiar no es fácil, pero tampoco difícil, sobre todo cuándo te convences de que las cosas son cómo deberían de ser o que podrían ser de otra forma.

Y tu, qué piensas y opinas? Comparte tu opinión y comentarios en Espiritudanzante

viernes, 8 de febrero de 2008

El bar de Antonio

Me hubiese gustado que fuera de otra forma y sin embargo, es así. No sirven ninguna de las respuestas que me ofreces. Es así. Tómalo o déjalo. No preguntes. No urgues en las heridas guardadas, atrapadas y prisioneras del cuadro.

Una oda al amor. Exultante como nunca. ¿Qué me has dado?,¿qué encuentro?. Nada. La rutina o el desgaste emocional. La ilusión por sorprender se pierde. Llegó, pero ya es demasiado tarde. Se fue.

lunes, 8 de octubre de 2007

Narcóticos, pesadillas y sueños

Ilustración de Miguel Gallardo
La primera vez que me siento flotando en una burbuja de felicidad es hoy. Siento como todo mi cuerpo está en paz, con ganas de sonreír a la vida, de sonreír sin parar. Me siento capaz de alcanzar mis objetivos. Estoy pedo. Quizás he pasado la frontera de lo establecido, quizás no. No lo sé. Siento la necesidad de volar. Allá donde me lleve el viento… Eso, es lo único que sé.

El resto de mi vida es una indefinición constante. Una vida desordenada, marcada por pequeños impulsos que me hacen evadirme, sentirme libre en tierra de nadie. Soñar con nubes altas y esponjosas, sonreír desde montañas rocosas y abruptas, como un cuerpo desnudo, con curvas y elipses profundas, que se funde en dos. Marcas del destino.

Las heridas abiertas que se cierran y cicatrizan con narcóticos. El primer día de vida, en un mundo que no es de NADIE. Adorar, amar, soñar, vivir, morir, resucitar… Hoy las teclas resbalan como el óleo en un cuadro expresionista. Pinturas de colores que se escapan del marco. Esclavos del tiempo, de los pensamientos academicistas, de las normas, del ser humano. Conciencia desvaída que se pierde en la lentitud del momento, efímero como una leve sonrisa, intensa como el placer y jocoso como la sociedad en sí misma.Viajar en el tiempo, a otro espacio y a otro momento en un barco de segundos veloces. Un viaje donde los minutos sólo se detienen en el pasado imborrable, inalcanzable e inamovible de lo eterno, trascendente y místico. El sincretismo de lo inmortal y eterno o de lo efímero e intrascendente.

Soñar que caminas sobre olas y que abrazas la espuma de la orilla, suave como la lana, cálida como un abrazo. Observar el mar, que golpea con fuerza el hedor de la esperanza. Unas veces crea sufrimiento y felicidad, otras. Miradas complacientes en un atardecer teñido de naranja y violeta. Un sol que nace en el fin del mundo y que se esconde en la frontera de lo finito. Ojos sinceros y transparentes que hacen daño al calor de la reflexión.


Y a ti, ¿a dónde te gustaría viajar?, ¿cuál es tu sueño? ¿con quién bailas?, ¿quizás con la muerte? ¿quizás con la vida?…