Érase una vez una niña atrapada en el cuerpo de un hombre. For Today I´m a Boy. Treinta años más tarde, este hombre con apariencia de niña, luce sus dos metros de altura, su melena larga, oscura y lacia, y se viste con trajes "casi de mujer", sutiles y vaporosos. De pequeño, o pequeña, ya lo tenía claro: ser un dibujo animado, (¡y parece que lo ha conseguido!). Jugaba a los recortables en la ciudad de los tulipanes, Amsterdan. Era feliz.
En Nueva York, la ciudad del "transgénero" (palabro que habitualmente utiliza la crítica para definir la temática de este músico de apariencia frágil, como si tocarlo significara que se va a romper un jarrón) , Antony Hegarty (Chichester, Reino Unido, 1971) empezó a tocar, cantar y componer. Llegó a la gran manzana para estudiar Teatro Experimental, pero pronto lo dejó por la música de vanguardia. Se juntó con Julia Kente (violonchelo), Todd Cohen (batería), Jeff Langston (bajo), Maxim Moston (violín), Rob Mosse (guitarra y violín) para formar un grupo performance llamado Black Lips Performance Club, que actuaba en los tugurios más underground del barrio de East Village, en Manhatan. Empezó a definir su identidad.
Cambiaron de nombre, pero The Johnsons seguían siendo los mismos, excepto Cohen, que fue reemplazdo por Parker Kindred (batería y percusiones) y Doug Wieselman que se unió con el saxo. En 1998 publican su primer trabajo bajo el nombre de Antony and The Johnsons. Y Dutro fue la primera compañía en editar su disco. En poco tiempo, su padrino artísitco -y mejor amigo- Lou Reed, cantante de la mítica banda wharholiana, hoy considerada de culto, The Velvet Underground, se estremece por primera vez al escuchar la conmovedora, sincera y desgarradora voz de Antony. A partir de entonces colabora con él en Perfect Day de su álbum The Raven, también lo hará en Candy Says de Animal Serenade. Luego vendrían otras colaboraciones, como Beautiful Boyz con sus colegas, algo ambiguas, CocoRoise en Noah´s Ark. Algo tímido se declara abiertamente transexual.
El año en que este niño atrapado en un cuerpo de mujer conmueve al público y a la crítica músical fue 2005 con I am a Bird Now. Entonces es cuando nuestro colega se suelta la melena para desnudar su alma. Sus canciones ponen los pelos de punta a muchos. Sus letras muestran abiertamente heridas ya cerradas. Su prodigiosa voz es de una infinita y delicada belleza. Canta sin artificios, ni complejos. O como diría Marion Cassabalian en su crítica realizada en ojos de papel: "logra cantar a los sentimientos sin ser empalagoso, expresar heridas sin caer en la tristeza, sacar una sonrisa melancólica al que lo escucha, sea cual sea el estado de ánimo en el que esté". El dicho popular, díme con quién andas y te diré como eres, le viene al pelo para definir este disco. Aquí se rodea de colegas de la talla como Rufus Wainwright, Devendra Banhart o Boy George, su ídolo de la adolescencia con el que interpreta a dúo You are my sister. A continuación:
Si su anterior trabajo se convierte en un disco para escuchar en casa, compartir en la intimidad de la noche, soñar despierto en el salón, o relajarse leyendo un buen libro, su tercer album, en The Crying Light, que se publica en 2009, cambia de tercio. A diferencia del anterior, no es tan intimista, ni melancólico, aunque mantiene su suave y modulada voz. Algunos de sus temas son "Another World", "Daylight in the Sun" o "Everglade", "One Dove"...El anterior era más instropectivo, éste está inspirado en la figura de Kazuo Ohno, fundador de la danza japonesa Butoh. Para que os hagáis una idea...
En 2010 se publica su último trabajo, Swanligts, que al igual que al anterior, sus temas se centran en la relación del hombre con la naturaleza. A continuación os dejamos un playlist. Pero, si en algún lugar del mundo existe alguien capaz de poner voz a las emociones ese es Antony, el niño que se sentía mujer,... and The Johnsons.
Blog sobre reflexiones personales, fotografía y música independiente.
domingo, 18 de septiembre de 2011
domingo, 24 de julio de 2011
¿Por qué no consigo recordar?
¿Por qué no consigo recordar?, ¿por qué?, ¿por qué? No consigo recordar porque no lo sé. Y cuando lo sepa, seguro que recordaré porque no consigo recordar. Y lo cierto es que no consigo traer a la memoria todos mis recuerdos que son, al final, mi vida. Mi vida vivida. Mi vida consciente desde que tengo recuerdos.
Al principio, de niña, no sabía qué ocurría, qué pasaba. Empecé a ser consciente de esa angustia que me acompaña hasta hoy en el colegio. En la escuela tenía una profesora que me regañaba. Tenía una maestra que me decía que “puerto” no era lo mismo que “puerta”, porque yo no lo veía, ni leía. Mi subconsciente leía “puerta” y no advertía que detrás de la maldita “a” de marras que yo leía, se escondía una “o”. En el colegio, tenía que demostrar lo que sabía y lo cierto es que no sabía nada. Mi memoria era como la del personaje de Buscando a Nemo, Dory ese pez estúpido y algo gracioso que se olvidaba de los nombres, como yo.
La veía de modo que también la leía, la “a”. En el colegio también aprendí, y pronto olvidé, que las matemáticas son unas ciencias exactas. Y si un dos es 2, no puede haber un 3. Pero yo lo veía. Y también veía fechas equívocas, y mi mente desordenada no captaba los conceptos, o lo que es lo mismo, la esencia de las cosas. Pero yo interpretaba la realidad de forma distinta. Diferente a la de mis compañeros de clase, que en mi dislexia veían a una chica rara. Una chica diferente que aprendió que era distinta. Qué era que… se me olvidó.
Y era distinta no solo por su dislexia, sino también por su falta de amor propio. Yo no creía en mi misma, cierto es, pero quería ser igual, igualita a ellos, pero fui distinta desde que nací. La noticia de mi llegada le valió a mi madre un cierto disgusto, un sabor agridulce a dura condena, como la de un joven preso que tiene una familia que le espera y unos hijos, unos niños pequeños, que preguntan por su padre en las noches de fría y dura tormenta– Mamá tengo miedo, ¿cuándo vendrá papá? Pues con esa angustia vital, esa espera asfixiante y lenta, llegué y nací llena de dudas y de mucha inseguridad, con miedo.
La incertidumbre que me trasmitió mi madre vía cordón umbilical no se iba, no se iba, no se disipaba, no se diluía por más que quisiera que desapareciese. Tomaba suavemente mi mano, como lo hacía la amnesia que me impedía recordar, incluso aquellos momentos que me hacían feliz. Esa niña, que era como mi alter ego, que se enamoraba de los cuenta-cuentos les pedía que todas las noches, cuando el silencio la abrazase, le contaran una historia, un bonito relato, que daba igual si era inventado o verdadero, como la historia de su vida para trabajar el recuerdo.
Después del cuento, cuando caía el sol y la luna asomaba la cabeza, me volvía a encontrar con esos miedos e inseguridades que tanto me atormentaban. ¿Qué es lo peor que podía pasar?, se preguntaba todos los días bajo la oscuridad de la noche, envuelta por el manto luminoso y centelleante que emana de las estrellas, que eran como suaves y minúsculos guiños de ojos. Y allí, desde su cama los escondía debajo de las sábanas, que cubría con una manta pesada para atraparlos, encerrarlos, y privarlos de libertad para así no saber nunca más de ellos. Pero lo cierto es que no desaparecían, no me dejaban dormir. ¡Estaban ahí! No se iban.
Cuando era pequeña me despertaba por las noches, pero mis miedos me impedían levantarme de la cama para decirle a mi madre -que se encontraba en otro cuarto abrazada a mi padre- que no podía dormir… En cambio ella como si lo presintiera, se levantaba a altas horas de la madrugada para verme, y se encontraba con una niña temerosa que permanecía con los ojos abiertos como platos, comiendo techo. Entonces se metía en mi cama, y como si fuera una prestidigitadora, me tocaba suavemente el pelo con sus manos y me peinaba lentamente. Solo así, con sus caricias conseguía dormir. Al despertar, mi madre ya no estaba y yo ya no recordaba nada. El silencio se hizo mi amigo, mi confidente.
miércoles, 13 de julio de 2011
lunes, 11 de julio de 2011
¡Permiso para robar ... caramelos!
Ella era una niña dulce, buena y cariñosa. Al jugar nunca se manchaba. En casa hacia sus deberes, siempre a la misma hora, después de comer. Ayudaba a su madre en las tareas de casa: doblaba sus calcetines, los de sus padres y sus hermanos, pasaba un trapo húmedo al baño, barría y fregaba la cocina y recogía su habitación. Hacía todos los recados que le encargaban, como ir a comprar el pan a la tienda. Pero también solía esperar para levantarse de la mesa cuando todos terminaban de comer. Otros niños de su edad, en cambio, no tenían la misma paciencia por lo que llevaban varias horas de risas, carcajadas y juego cuando Ella se incorporaba al grupo.
Los niños no querían jugar con ella porque era demasiado buena. Se aburrían. La niña, poco a poco, se empezó a sentir rechazada. Le costaba hacer amigos y adaptarse a las reglas del corre, salta, trepa. Pero eso sí, seguía siendo una niña ejemplar. En el colegio participaba en clase. Y aunque no era una alumna especialmente brillante, los profesores destacaban su especial fuerza de voluntad. No quería fallarles. En el patio del colegio se reunía con sus amiguitas, que eran mucho más engreídas que Ella, que era una ingenua. Se reían de ella.
Ella era una niña rara -y así se sentía- por lo que un buen día decidió hacer cosas de niños, propias de su edad. Sus padres solían quedar con varias parejas, que también tenían hijos. Ideó un plan. ¿Por qué no robamos unos cuantos caramelos?, señaló Ella. A sus no-amigos les gustó la idea, aceptaron sorprendidos. Una tarde de domingo entraron en una tienda de comestibles y mientras unos se encargaban de entretener a la dependienta, otros agarraban con fuerza los caramelos, que metían a puñados en los bolsillos.
El lunes al llegar al colegio, lo que parecía ser un secreto, se convirtió en un secreto a voces. Todos los niños de su clase se enteraron de lo ocurrido, de lo que Ella y sus no-amigos habían hecho una tarde de domingo. Uno se lo contó a otro, el otro a otro y así sucesivamente. Sus no-amigas de clase la amenazaron con decírselo a la profesora, que parecía confiar en Ella. Y Ella consternada, asustada y compungida les suplicó, les rogó y les pidió entre sollozos que por favor no se lo dijeran, que prometía que nunca más volvería a hacerlo, que simplemente era una travesurilla, una cosa de niños. Pero sus ruegos no sirvieron de nada.
Ella por primera vez se enfrentó al sentimiento de culpa. Después del recreo, tocaba clase de matemáticas. Ella empezó a sentir angustia y un dolor en la barriga, su corazón bombeaba con fuerza, latía apresurado. Al final de la clase, la profesora le dijo con mirada seria que tenía que hablar con ella. Ella empezó a llorar: una lágrima seguía a la otra como un torrente tintineo, suave y cálido al principio, que pronto se convirtió hiposo, rotundo. Un par de horas más tarde, sus padres fueron a recogerla, avergonzados. Ella sintió no pedir “permiso para robar... caramelos"”.
Los niños no querían jugar con ella porque era demasiado buena. Se aburrían. La niña, poco a poco, se empezó a sentir rechazada. Le costaba hacer amigos y adaptarse a las reglas del corre, salta, trepa. Pero eso sí, seguía siendo una niña ejemplar. En el colegio participaba en clase. Y aunque no era una alumna especialmente brillante, los profesores destacaban su especial fuerza de voluntad. No quería fallarles. En el patio del colegio se reunía con sus amiguitas, que eran mucho más engreídas que Ella, que era una ingenua. Se reían de ella.
Ella era una niña rara -y así se sentía- por lo que un buen día decidió hacer cosas de niños, propias de su edad. Sus padres solían quedar con varias parejas, que también tenían hijos. Ideó un plan. ¿Por qué no robamos unos cuantos caramelos?, señaló Ella. A sus no-amigos les gustó la idea, aceptaron sorprendidos. Una tarde de domingo entraron en una tienda de comestibles y mientras unos se encargaban de entretener a la dependienta, otros agarraban con fuerza los caramelos, que metían a puñados en los bolsillos.
El lunes al llegar al colegio, lo que parecía ser un secreto, se convirtió en un secreto a voces. Todos los niños de su clase se enteraron de lo ocurrido, de lo que Ella y sus no-amigos habían hecho una tarde de domingo. Uno se lo contó a otro, el otro a otro y así sucesivamente. Sus no-amigas de clase la amenazaron con decírselo a la profesora, que parecía confiar en Ella. Y Ella consternada, asustada y compungida les suplicó, les rogó y les pidió entre sollozos que por favor no se lo dijeran, que prometía que nunca más volvería a hacerlo, que simplemente era una travesurilla, una cosa de niños. Pero sus ruegos no sirvieron de nada.
Ella por primera vez se enfrentó al sentimiento de culpa. Después del recreo, tocaba clase de matemáticas. Ella empezó a sentir angustia y un dolor en la barriga, su corazón bombeaba con fuerza, latía apresurado. Al final de la clase, la profesora le dijo con mirada seria que tenía que hablar con ella. Ella empezó a llorar: una lágrima seguía a la otra como un torrente tintineo, suave y cálido al principio, que pronto se convirtió hiposo, rotundo. Un par de horas más tarde, sus padres fueron a recogerla, avergonzados. Ella sintió no pedir “permiso para robar... caramelos"”.
sábado, 2 de julio de 2011
¿Qué podemos encontrar debajo de una alfombra?
Debajo de una alfombra había un agujero. El agujero comunicaba con una especie de panal de abejas, pero no eran abejas, sino pequeñas celdas que guardaban emociones de todo tipo. Esas emociones que no queremos mostrar, porque no nos gustan. Esas que aparecen cuando uno las cree controlar y sin embargo, las escupimos con bastante facilidad y poca resistencia. Esas que nos avergüenzan, y se quedan en nuestro recuerdo, y nunca se van o desaparecen.
Las heridas emocionales son como tatuajes sobre la piel. Uno las/los ve, piensa, y nuestra mente empieza a imaginar y recrear la escena que nos atormenta. Primero, el momento en el que sucedió (el día, la hora aproximada, el lugar, las personas, los movimientos, los cambios bruscos) y después lo que hubiéremos hecho o cómo se desencadenó lo ocurrido. Cuando cerramos los ojos, millones de ensoñaciones nos golpean, no nos dejan dormir. Pero sí nos dejan observar, por una pequeña mirilla, las consecuencias de nuestras decisiones y de nuestros actos, sin poder modificarlos.
En las celdas también se encuentran aquellos miedos que no conseguimos superar. Nuestras inseguridades que nos hunden bajo el suelo y nos impiden crecer, volar. Pensar en un sueño agradable o recrearnos en una imagen bonita, como la del rostro sonriente de un niño que se ríe a carcajadas. Observamos aquellos miedos que nos limitan y con los que tenemos que luchar día a día, mes tras mes o año tras año.
Luchamos por vencer primero a nuestro Yo y luego a todo lo que nos envuelve como un manto suave de terciopelo. O como un baño relajante al final del día, con espuma y en silencio. En ese momento, el único sonido que escuchamos es el tintineo de las gotas al resbalar por el orificio del grifo (plac, plic, plac…). En esa lucha sin tregua, también vemos el reflejo de nuestra imagen, desnutrida por nuestras exigencias, que nunca colman nuestros deseos. El deseo de ser alguien distinto del que somos. El deseo de cambiar nuestras formas, cinceladas por nuestra herencia genética. Allí, en ese panal parecido al de las abejas, se encuentran nuestras emociones, escondidas en un agujero debajo de una alfombra.
martes, 17 de mayo de 2011
Prozac, un sedante desde el cielo
Prozac llegó a mi vida como agua de mayo, hace ya 13 años. No supe apreciar sus efectos, pero se convirtió en mi confidente nocturno. Ahuyentaba mis fantasmas, como el miedo a fracasar. También se convirtió en mi fiel escudero, que me trataba con lástima. Y pasaron los años... y se fue haciendo mayor, fue envejeciendo.
Sus profundas arrugas dibujaban sus ojos cristalinos, que se apagaban por las noches. Dicen que el "Prozac" es un antidepresivo eficaz, pero no el único. Es el más conocido de todos ellos. Se han hecho películas y escrito libros con su nombre, incluso nuestra familia no encontró un nombre mejor para bautizar... a nuestro perro. Recuerdo cuando cuidaba de nuestra casa, de nuestra guarida, día y noche. No paraba. Olisqueaba, husmeaba cada esquina, subía y bajaba, y ladraba sin parar...
Elía dejó de pensar, se echó las manos a los ojos... y se arrimó, como un molusco a su caracola, a la espalda de Edgar.Todas las noches se dormían encogidos por el recuerdo de su perro, que era como un sedante desde el cielo. ¡Hasta siempre Prozac!
Sus profundas arrugas dibujaban sus ojos cristalinos, que se apagaban por las noches. Dicen que el "Prozac" es un antidepresivo eficaz, pero no el único. Es el más conocido de todos ellos. Se han hecho películas y escrito libros con su nombre, incluso nuestra familia no encontró un nombre mejor para bautizar... a nuestro perro. Recuerdo cuando cuidaba de nuestra casa, de nuestra guarida, día y noche. No paraba. Olisqueaba, husmeaba cada esquina, subía y bajaba, y ladraba sin parar...
Elía dejó de pensar, se echó las manos a los ojos... y se arrimó, como un molusco a su caracola, a la espalda de Edgar.Todas las noches se dormían encogidos por el recuerdo de su perro, que era como un sedante desde el cielo. ¡Hasta siempre Prozac!
jueves, 17 de febrero de 2011
Listas, una manía confesable
Uno de los recursos útiles que nos sirven para organizar nuestros pensamientos son las listas. Desde que me levanto hasta que me acuesto no dejo de pensar en todo lo que tengo pendiente. ¡A veces pienso que me cuesta improvisar! Suelo hacer listas para ir al supermercado. También hago listas con las tareas pendientes. Para organizar el mes hago, por supuesto, una previsión de gastos (abono de transporte 47 euros, teléfono fijo 21 euros, bombonas 27 euros, alquiler del piso 650 euros…) Y así me paso la vida organizando, planificando y anticipándome a lo que pueda ocurrir.
El problema surge cuando utilizo más de una libreta para apuntar todas las cosas que se me ocurren. Cuando necesito verdaderamente encontrar algo, nunca lo encuentro. ¿En qué libreta o agenda habré apuntado mi registro de Itunes, de la cuenta de correo de Terra (que nunca utilizo) o de Spotify? Por lo que nuevamente tengo que volver a hacer una lista. Y poco a poco, lo que parecen simples esquemas para ejecutar, recordar u organizar se acaban convirtiendo en un verdadero dolor de cabeza.
Todo en mi vida parece una tesina.¡Qué hastío! Entonces, ¿para qué sirven las malditas listas? De repente me encuentro extraviada una libreta. ¡Qué bonita, pienso! Y escribo en ella la música que escucho o la música que he descubierto y que en algún momento me gustaría escuchar. Cuando apunto siempre sigo la misma regla. Nombre del grupo, tema, discográfica y año de publicación. Por ejemplo, Band of horses.Neighbor. Infinitive Arms. 2010 o Iron and Wine. Boy With a Coin. The Shepherd´s Dog. 2007...
Todo en mi vida parece una tesina.¡Qué hastío! Entonces, ¿para qué sirven las malditas listas? De repente me encuentro extraviada una libreta. ¡Qué bonita, pienso! Y escribo en ella la música que escucho o la música que he descubierto y que en algún momento me gustaría escuchar. Cuando apunto siempre sigo la misma regla. Nombre del grupo, tema, discográfica y año de publicación. Por ejemplo, Band of horses.Neighbor. Infinitive Arms. 2010 o Iron and Wine. Boy With a Coin. The Shepherd´s Dog. 2007...
Por cierto, mientras sigo reflexionando para qué sirven las malditas listas, aquí os dejo un vídeo de Iron and Wine.
En definitiva, listas, una manía confesable, a veces útil y otras, las menos, absurda...
En tu caso: ¿te pasa algo similar?, ¿qué recursos utilizas para organizar tu día a día?
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