Prozac llegó a mi vida como agua de mayo, hace ya 13 años. No supe apreciar sus efectos, pero se convirtió en mi confidente nocturno. Ahuyentaba mis fantasmas, como el miedo a fracasar. También se convirtió en mi fiel escudero, que me trataba con lástima. Y pasaron los años... y se fue haciendo mayor, fue envejeciendo.
Sus profundas arrugas dibujaban sus ojos cristalinos, que se apagaban por las noches. Dicen que el "Prozac" es un antidepresivo eficaz, pero no el único. Es el más conocido de todos ellos. Se han hecho películas y escrito libros con su nombre, incluso nuestra familia no encontró un nombre mejor para bautizar... a nuestro perro. Recuerdo cuando cuidaba de nuestra casa, de nuestra guarida, día y noche. No paraba. Olisqueaba, husmeaba cada esquina, subía y bajaba, y ladraba sin parar...
Elía dejó de pensar, se echó las manos a los ojos... y se arrimó, como un molusco a su caracola, a la espalda de Edgar.Todas las noches se dormían encogidos por el recuerdo de su perro, que era como un sedante desde el cielo. ¡Hasta siempre Prozac!
Blog sobre reflexiones personales, fotografía y música independiente.
martes, 17 de mayo de 2011
jueves, 17 de febrero de 2011
Listas, una manía confesable
Uno de los recursos útiles que nos sirven para organizar nuestros pensamientos son las listas. Desde que me levanto hasta que me acuesto no dejo de pensar en todo lo que tengo pendiente. ¡A veces pienso que me cuesta improvisar! Suelo hacer listas para ir al supermercado. También hago listas con las tareas pendientes. Para organizar el mes hago, por supuesto, una previsión de gastos (abono de transporte 47 euros, teléfono fijo 21 euros, bombonas 27 euros, alquiler del piso 650 euros…) Y así me paso la vida organizando, planificando y anticipándome a lo que pueda ocurrir.
El problema surge cuando utilizo más de una libreta para apuntar todas las cosas que se me ocurren. Cuando necesito verdaderamente encontrar algo, nunca lo encuentro. ¿En qué libreta o agenda habré apuntado mi registro de Itunes, de la cuenta de correo de Terra (que nunca utilizo) o de Spotify? Por lo que nuevamente tengo que volver a hacer una lista. Y poco a poco, lo que parecen simples esquemas para ejecutar, recordar u organizar se acaban convirtiendo en un verdadero dolor de cabeza.
Todo en mi vida parece una tesina.¡Qué hastío! Entonces, ¿para qué sirven las malditas listas? De repente me encuentro extraviada una libreta. ¡Qué bonita, pienso! Y escribo en ella la música que escucho o la música que he descubierto y que en algún momento me gustaría escuchar. Cuando apunto siempre sigo la misma regla. Nombre del grupo, tema, discográfica y año de publicación. Por ejemplo, Band of horses.Neighbor. Infinitive Arms. 2010 o Iron and Wine. Boy With a Coin. The Shepherd´s Dog. 2007...
Todo en mi vida parece una tesina.¡Qué hastío! Entonces, ¿para qué sirven las malditas listas? De repente me encuentro extraviada una libreta. ¡Qué bonita, pienso! Y escribo en ella la música que escucho o la música que he descubierto y que en algún momento me gustaría escuchar. Cuando apunto siempre sigo la misma regla. Nombre del grupo, tema, discográfica y año de publicación. Por ejemplo, Band of horses.Neighbor. Infinitive Arms. 2010 o Iron and Wine. Boy With a Coin. The Shepherd´s Dog. 2007...
Por cierto, mientras sigo reflexionando para qué sirven las malditas listas, aquí os dejo un vídeo de Iron and Wine.
En definitiva, listas, una manía confesable, a veces útil y otras, las menos, absurda...
En tu caso: ¿te pasa algo similar?, ¿qué recursos utilizas para organizar tu día a día?
martes, 18 de enero de 2011
Buzón de voz
Antes de empezar, un poco de música:
Ahora ya estás listo para leer: Buzón de voz
Hoy era uno de esos días en los que hasta hace cinco minutos me encontraba de "puta madre". Tumbada en el sofá, escuchando "O Grande Amor", de Stan Getz y Joao Gilberto Feat, maestros del bossa-nova. Fumando un cigarrillo en uno de los pocos sitios en los que no te van a fiscalizar, ni a tratar como a un apestoso, ya sabéis lo de la "jodida" ley... Pues eso, mi casa. En el salón, con la luz de la lamparilla encendida, creando un ambiente candente, acogedor. De esos que sólo se disfrutan algunas veces, por ejemplo tomando un sorbito de vino en buena compañía, con tu pareja, abrazados en el sofá, con los pies entrelazados en el reposabrazos... Hasta que sonó el maldito teléfono. ¡No! Ahora no.
Mi futura suegra. Identifiqué al parpadear la luz del móvil. ¡Ya me ha jodido el momento!. ¿Qué querrá?, pensé. Ya sé que su hijo hace tiempo que no va por casa, que seguro estará muy flaco... Las excusas de siempre. Intencionadamente, decidí pasar de todo y no le devolví la llamada... Sin embargo, después de un buen rato, me asaltó una bofetada de pensamientos. ¿Le habrá parecido mal?, ¿qué excusa le puedo poner? La de que estaba en la cocina ya la he contado millones de veces y la de que no escuché el teléfono porque lo tenía en silencio también. En fin. No me encontraba bien. Llegué a casa cansada. No tuve un buen día... también me parecían opciones alternativas para excusarme, y muy aceptables.
En el fondo ella no tendría por qué dudar de mi sinceridad. ¡Si siempre habíamos sido sinceras en cada uno de nuestros gestos! Vamos que la primera vez que nos conocimos, nos miramos de arriba a bajo sin apenas pestañear. Y con un tímido "encantada de conocerte" nos dimos dos besos, uno por mejilla. Sus palabras eran dardos envenenados al hacer cualquier pregunta. ¿Has estudiado, no?, ¿y tampoco fumas? Parecía que te estuviera fiscalizando en lugar de ofrecerte su apoyo. Aquella vez nos despedimos con un "hasta luego" frío y distante. Luego la relación se enderezó, y hace unas horas tendría que haber activado el buzón de voz.
Ahora ya estás listo para leer: Buzón de voz
Hoy era uno de esos días en los que hasta hace cinco minutos me encontraba de "puta madre". Tumbada en el sofá, escuchando "O Grande Amor", de Stan Getz y Joao Gilberto Feat, maestros del bossa-nova. Fumando un cigarrillo en uno de los pocos sitios en los que no te van a fiscalizar, ni a tratar como a un apestoso, ya sabéis lo de la "jodida" ley... Pues eso, mi casa. En el salón, con la luz de la lamparilla encendida, creando un ambiente candente, acogedor. De esos que sólo se disfrutan algunas veces, por ejemplo tomando un sorbito de vino en buena compañía, con tu pareja, abrazados en el sofá, con los pies entrelazados en el reposabrazos... Hasta que sonó el maldito teléfono. ¡No! Ahora no.
Mi futura suegra. Identifiqué al parpadear la luz del móvil. ¡Ya me ha jodido el momento!. ¿Qué querrá?, pensé. Ya sé que su hijo hace tiempo que no va por casa, que seguro estará muy flaco... Las excusas de siempre. Intencionadamente, decidí pasar de todo y no le devolví la llamada... Sin embargo, después de un buen rato, me asaltó una bofetada de pensamientos. ¿Le habrá parecido mal?, ¿qué excusa le puedo poner? La de que estaba en la cocina ya la he contado millones de veces y la de que no escuché el teléfono porque lo tenía en silencio también. En fin. No me encontraba bien. Llegué a casa cansada. No tuve un buen día... también me parecían opciones alternativas para excusarme, y muy aceptables.
En el fondo ella no tendría por qué dudar de mi sinceridad. ¡Si siempre habíamos sido sinceras en cada uno de nuestros gestos! Vamos que la primera vez que nos conocimos, nos miramos de arriba a bajo sin apenas pestañear. Y con un tímido "encantada de conocerte" nos dimos dos besos, uno por mejilla. Sus palabras eran dardos envenenados al hacer cualquier pregunta. ¿Has estudiado, no?, ¿y tampoco fumas? Parecía que te estuviera fiscalizando en lugar de ofrecerte su apoyo. Aquella vez nos despedimos con un "hasta luego" frío y distante. Luego la relación se enderezó, y hace unas horas tendría que haber activado el buzón de voz.
martes, 11 de enero de 2011
Querido Amor:
Cumplimos cuatro años. ¡Qué pronto ha pasado todo este tiempo! No sé si te habrá ocurrido como a mí, pero yo ni me he enterado… ¿Te acuerdas de la primera vez que quedamos? Fue un día de trabajo. Te acercaste a mí y me preguntaste si me apetecía tomar unas cañas. Ni me lo pensé. Hacía tiempo que me había fijado en ti. Estaba deseándolo. En aquel bar nos tomamos nuestras primeras cañas, pero también nos dimos nuestro “casi” primer beso, por lo menos muy cerquita de allí. Resguardados bajo la puerta de salida de algún local de Huertas, tipo “La Salsa”. Chiringuitos “chumineros” maquillados con carmín y traje chaqueta los viernes y sábados. Sí, pues allí te acercaste. Me besaste… y lo demás se queda en nuestra memoria… También recuerdo cuando un día más tarde... me enviaste un mensajito que yo no supe interpretar, y al principio te envié otro sin quedar contigo en... ¡Nada! Me di cuenta cuando ya había pulsado el botón: enviar mensaje. Aquel fue nuestro primer domingo. Nos fuimos a una exposición en el Museo de Caja Madrid. Luego a Lavapiés a tomarnos un té. Después paseamos por la Latina. Y a mí... ya me costó despedirme de ti. Fueron pasando los días hasta que llegamos al puente de la Almudena, que te fuiste de viaje con tus colegas... y luego nos encontramos en otro lugar, en otra casa, en otro sofá. ¡jajaaja! ¡Recuerdas cuándo Eva se enfadó porque no iba a su cumpleaños! El hecho es que hacía unos días, unas semanas, que la cuenta atrás del pasar del tiempo, había iniciado su ligera descarga de arena...
sábado, 11 de diciembre de 2010
Los fantasmas que habitan en nuestros sueños
Los sueños siempre marcaron mi vida. Recuerdo dos en concreto. En el primero conseguía volar. Sólo tenía que coger algo de impulso. Solía hacerlo desde lo alto de un bordillo, que franqueaba la entrada de la casa de la abuela por la cocina. Movía suavemente los brazos como un pequeño pájaro, ligero en el vuelo. Y conseguía volar aquellas laderas y montañas que franqueaban nuestra casa, situada a 20 km de la ciudad en la que nací. Después de aquellos momentos mágicos, que apenas duraban unos instantes, el sueño siempre se teñía de un tinte oscuro, de atmósfera aterradora.
En el sueño aparecían unos extraños robots con aspecto parecido a los Transformers, aquellos juguetes que se hicieron populares en la década de los 80, y que curiosamente nacieron el mismo año que yo: 1982. Eran gigantes androides que me perseguían e intentaban atraparme, con sus puños de metal, de un zarpazo, de un solo golpe. ¡Siempre conseguían asustarme! Quizás aquel sueño -que se repitió durante años- tuviera algún significado especial. Probablemente podría haber sido una señal, el preludio del día que todos queremos olvidar y pese a ello, se incrusta en lo más profundo de nuestro interior. Por ejemplo, el día en que mi hermano, con 4 años, tuvo el accidente y que, tras lo ocurrido, multitud de vecinos se agolparon frente a las puertas de casa en la que vivíamos mamá, papá, la tía, la abuela, el abuelo, mi hermano y yo.
Aquel día, mientras yo estaba jugando cerca del castaño, ocurrió lo que ninguno habíamos imaginado. Regresé a casa como siempre, después del juego, y me encontré a mi madre y a mi tía llorando, sin encontrar consuelo en los vecinos que se atrincheraban murmurando frente a la vieja puerta de casa. Mi padre fue el único que lo vio, el primero en advertir que aquel viejo critröen, aparcado frente al portalón, había perdido el control al soltarse el freno de mano. En milésimas de segundo se estrelló contra un muro, situado a 10 metros de nuestra casa. Mi hermano y un amigo estaban en el interior del vehículo. Mi madre soltó un grito de rabia cuando se enteró. No podía parar de llorar. Y yo de pedirle que no llorara más. Pero, cómo no iba a llorar. Nada, era lo único que podía hacer.
El segundo sueño se produjo años más tarde, tiempo después de habernos mudado a nuestra nueva casa, construida, pared con pared, justo al lado de la de los abuelos. Aquella noche soñé que estaba profundamente dormida en mi habitación. Y recuerdo levantarme en mitad de la noche y cruzar la puerta de mi cuarto, y atravesar un oscuro pasillo que apenas tenía luz. No recuerdo haberme despertado jamás. Hoy todavía no consigo recordar ese momento en el que nos levantamos sudorosos de la cama, huyendo de los fantasmas que habitan en nuestro interior, en nuestros sueños, y continuar con nuestra vida y nuestros miedos...
En tu caso, ¿has tenido algún sueño que haya marcado de alguna forma tu vida?, ¿alguna premonición?
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domingo, 28 de noviembre de 2010
Regreso a casa en un vuelo agonizante. Algunos compañeros incómodos de viaje
Sí, lo sé. No era el mejor día. Decidí volar a Galicia para ver a mis padres el fin de semana papal. Sí, de Papa con mayúsculas. Para más inri, mis pa-pás se habían olvidado de mí, de mi visita. Aquel viernes no contaban conmigo. ¡Qué pereza! Un fantástico plan. Llegué al aeropuerto. Entre besos y abrazos con sabor a "hasta el próximo domingo" abandoné la zona de entrada de la terminal uno y crucé la línea que separa a los viajeros de los simples viandantes y acompañantes-de-despedidas.
Facturé, despojé todos mis trastos en las ridículas bandejas de plástico que pasaban por el escáner, y crucé el lector de metales. Esto, sin contar con que si llevas botas te tienes que descalzar, como si fuera tan sencillo, incluso desvestirte, en otros casos, para demostrar que no eres uno de ellos. Un terrorista. Un terrorista de altos vuelos. Puede que esté exagerando. Puede que no. Y todo esto, sin embargo, no te libera de sentarte al lado del pasajero equivocado, incluso pesado. En fin. Estaba acostumbrada a subir en el avión y echarme a dormir. Pero en esta ocasión no podía. Primero: había esperado demasiado tiempo para formar filas por lo que fui una de las últimas pasajeras en subirme al avión. Segundo: pensé que era mejor -y al ir sola, sin tílde, ni compañía- podría elegir alguno de los asientos de delante que quedaban libres. ¡Siempre hay algún hueco! Y eso hice. Me senté entre uno y otro. O lo que es lo mismo: entre un hombre pesado y un hombre evadido del mundo, como yo. Pero no podía dejar de sentirme incómoda.
El hombre de mi izquierda era de mediana edad. Alrededor de 40-50 años, barrigudo, con un mostacho prominente que cobijaba su fina boca. No paró de soltar improperios, ni de moverse de una lado hacia otro durante todo el viaje. Y yo, mientras tanto intentaba concentrar mi atención en el libro que había desplegado sobre mis ya desesperantes manos. Desesperadas por no poder liberarme de aquel hombre extraño, molesto y neurótico. Estaba angustiada por el lento transcurrir del tiempo. Agobiada por no poder hacer nada: sólo concentrar mi mirada entre las letras que discurrían como una embarcación que surca el mar y las olas en medio de una tormenta. Sólo en aquel universo me relajaba, me protegía, me aislaba, pero a duras penas. Y por fin, sin ser consciente, aterricé y me olvidé de lo sucedido.
Ya de camino a casa de mi hermano, subida en el autobús, hablé por teléfono sobre lo ocurrido en el vuelo con mi acompañante-de-despedidas, que había dejado hacía una hora en el aeropuerto de partida. Solté "sapos y culebras" durante toda la conversación telefónica, que duró hasta que el autobús llegó al centro de la ciudad, mi lugar de destino. Cuando llegué a Santiago observé que en el asiento delantero se sentaba un señor de mediana edad, que parecía hiperactivo y con mala leche. Cuando se cruzaron nuestras miradas, se rió. ¡Era el hombre del avión!
Facturé, despojé todos mis trastos en las ridículas bandejas de plástico que pasaban por el escáner, y crucé el lector de metales. Esto, sin contar con que si llevas botas te tienes que descalzar, como si fuera tan sencillo, incluso desvestirte, en otros casos, para demostrar que no eres uno de ellos. Un terrorista. Un terrorista de altos vuelos. Puede que esté exagerando. Puede que no. Y todo esto, sin embargo, no te libera de sentarte al lado del pasajero equivocado, incluso pesado. En fin. Estaba acostumbrada a subir en el avión y echarme a dormir. Pero en esta ocasión no podía. Primero: había esperado demasiado tiempo para formar filas por lo que fui una de las últimas pasajeras en subirme al avión. Segundo: pensé que era mejor -y al ir sola, sin tílde, ni compañía- podría elegir alguno de los asientos de delante que quedaban libres. ¡Siempre hay algún hueco! Y eso hice. Me senté entre uno y otro. O lo que es lo mismo: entre un hombre pesado y un hombre evadido del mundo, como yo. Pero no podía dejar de sentirme incómoda.
El hombre de mi izquierda era de mediana edad. Alrededor de 40-50 años, barrigudo, con un mostacho prominente que cobijaba su fina boca. No paró de soltar improperios, ni de moverse de una lado hacia otro durante todo el viaje. Y yo, mientras tanto intentaba concentrar mi atención en el libro que había desplegado sobre mis ya desesperantes manos. Desesperadas por no poder liberarme de aquel hombre extraño, molesto y neurótico. Estaba angustiada por el lento transcurrir del tiempo. Agobiada por no poder hacer nada: sólo concentrar mi mirada entre las letras que discurrían como una embarcación que surca el mar y las olas en medio de una tormenta. Sólo en aquel universo me relajaba, me protegía, me aislaba, pero a duras penas. Y por fin, sin ser consciente, aterricé y me olvidé de lo sucedido.
Ya de camino a casa de mi hermano, subida en el autobús, hablé por teléfono sobre lo ocurrido en el vuelo con mi acompañante-de-despedidas, que había dejado hacía una hora en el aeropuerto de partida. Solté "sapos y culebras" durante toda la conversación telefónica, que duró hasta que el autobús llegó al centro de la ciudad, mi lugar de destino. Cuando llegué a Santiago observé que en el asiento delantero se sentaba un señor de mediana edad, que parecía hiperactivo y con mala leche. Cuando se cruzaron nuestras miradas, se rió. ¡Era el hombre del avión!
martes, 9 de noviembre de 2010
enPieza!, en búsqueda del factor inspiración
Diseñar significa crear. Según su definición es el proceso previo de configuración mental en la búsqueda de una solución en cualquier campo. Y el resultado de ese diseño, de esa pre-configuración mental, es la obra. Una obra que los componentes del estudio de diseño industrial Enpieza! acaban de plasmar en 5 sinuosos objetos de diseño: una lámpara de espigas, una lámpara de barillas de pvc, una lámpara con gorrito marroquí y joyas con retales de madera. Pero, ¿quieres saber cómo ha sido el proceso? Aquí te lo contamos.
Fotos: Karen Karacheo
Una de las más célebres frases de Picasso decía, no sin razón, que no hay que esperar a que llegue la inspiración para ponerse a trabajar sino procurar que te “pille” trabajando. Y esta es una de las máximas que han seguido los cuatro integrantes del estudio de diseño industrial enpieza!, reconocidos internacionalmente por trabajos anteriores como la serie de lámparas bolivik, meón o lamplanta. Aburridos de la cotidianeidad decidieron bucear entre los materiales que ya tenían, olisquear por los rincones de su taller y rebuscar entre los objetos olvidados que colgaban de sus estanterías en busca del factor inspiración. Pero no fue un día cualquiera. Seph, Alex, David y Lucas desempolvaron sus monos de trabajo cuando muchos de nosotros aprovechamos para estar tirados en el sofá, salir de cervezas con los colegas, marujear o largarnos de la ciudad, un 12 de octubre, fiesta nacional, mientras las cabras desfilan engalanadas al son de las cornetas por el madrileño paseo de la Castellana. El objetivo consistía en hacer un taller de un día.
Dejar volar la imaginación, dar forma a aquellas ideas que todos guardamos en algún rinconcito de nuestro interior y refrescarlas a contrarreloj en los 1440 minutos que tiene un día, aunque cómo ya sabemos no uno cualquiera, sino el día en que están cerrados todos los chinos, incluso para comprar cerveza o cualquier otro material que pudiesen necesitar. ¡Nunca se sabe lo que pueden dar de sí estos chiringuitos! Un jaque mate al tiempo, una partida de ajedrez. La elección de materiales, el concepto y la realización fueron totalmente libres. Y como quién utiliza sus pinturas para dar forma, luz y color a un cuadro, enpieza! utilizó sus herramientas para expresar con sus manos lo que las palabras habitualmente no consiguen comunicar. Un gran collage. Un buen plato cocinado con ingredientes cotidianos, pero exquisitos.
Se trataba de seleccionar un material por aquí y descartar otro por allá. Diseñar, proyectar y ejecutar. El resultado fue una lámpara de espigas, una lámpara de barillas de pvc, una lámpara con gorrito marroquí y joyas con retales de madera.
Piezas que destacan por la sencillez de sus formas, pero que impresionan por las emociones que despiertan. Y si no, ¿qué significado puede tener una lámpara de espigas? Quizás no tenga ninguno o tal vez exprese miedo a sentirnos limitados, encerrados, solos o amordazados. De momento no se comercializan. Pero mientras eso llega, el estudio prepara nuevos talleres. ¿Quién sabe si en el próximo puente?
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